Los tagaeris son indígenas amazónicos que viven en aislamiento voluntario en Ecuador

 

Los quichuas los llaman “puca chaqui”, y los mestizos, patas coloradas. Ambas expresiones significan lo mismo. Se trata de los tagaeris, miembros del grupo taga, los únicos huaoranis que aun son verdaderamente libres.

Al contrario de otros subgrupos huao, los tagaeri aun se reúsan a tener contacto con extraños, prefiriendo la existencia aislada que han mantenido por siglos. El único intento reciente de acercarse a ellos se realizó el 21 de julio de 1987 por el Monseñor Alejandro Labaca y la hermana Inés Arango, ambos de la misión católica capuchina en el Napo. Esperaban convertir a los tagaeris y convencerlos de que permitieran al personal de la compañía petrolera entrar a su territorio, pero el intento terminó con la muerte de ambos misioneros. Subsecuentemente, los tagaeris abandonaron sus hogares y desaparecieron en la selva, siguiendo la tradición huaorani de vivir en total simbiosis con el bosque que durante milenios les ha proveído de sustento.

No se tuvo más noticias del grupo hasta que un día, cinco años después, un huao del grupo quemperi vino a verme diciendo: “Yo sé dónde están. Los vi desde la avioneta la última vez que vine a Puyo.” Al día siguiente, volamos por sobre el área. El bosque lucía intacto, como si jamás un ser humano hubiese puesto un pie ahí. Volábamos a través de algunas turbulencias y unas nubes muy densas bloqueaban la visión. “No vamos a poder verlos”. Gritó el piloto tratando de hacerse escuchar por encima del ruido del motor.

Entonces, como a menudo sucede en la Amazonía, el cielo de pronto se aclaró y pudimos ver la selva nuevamente y, a nuestra derecha, un lindo arcoíris. “Dayme,” dijo uno de nuestros acompañantes huaorani, “Es una señal de que vamos a tener suerte.”

Cerca de un meandro del río, vimos un amplio sector de tierra cultivada, y una casa. La escena era fascinante. Ahí estaban los tagaeris. Se movían hacia la casa mirando hacia arriba y realizando una danza de guerra huaorani con sus afiladas lanzas hechas de chonta. Los huaoranis en la avioneta iniciaron sus propios cantos guerreros y les gritaban amenazas desde el aire. La casa debió haber sido construida recientemente porque las hojas en el techo aun se veían verdes. Un águila harpía volaba su alrededor.

La visión de esta ave sagrada nos trasladó a miles de años en el pasado. Habíamos penetrado en un mundo virgen, un mundo suspendido en el tiempo y el espacio, donde pasado, presente y futuro se juntan siguiendo los ritmos misteriosos de la selva tropical.

El siguiente extracto fue tomado de Field NotesFundación Sinchi Sacha,1992